José Navia

periodista

 

Comunicador social y periodista. Fue cronista y editor de reportajes de El Tiempo durante 19 años. La mayor parte de su trabajo la ha realizado en zonas de conflicto. Es autor de Historias nuevas para la ropa viejaEl lado oscuro de las ciudades, Confesiones de un delincuenteEl Colombiano en cien palabras y La fuerza del ombligo, crónicas del conflicto en territorio nasa. 

Es catedrático del Programa de Periodismo de la Universidad del Rosario, tallerista de Consejo de Redacción y colaborador habitual de la Revista SoHo, Publicaciones Semana y de la agencia Colprensa. 

Ganó el Premio Rey de España (2007) en la categoría Periodismo Digital, premio excelencia de la SIP (2007), Premio Simón Bolívar (2010), Premio Nacional de Crónica y Reportaje de la Universidad de Antioquia (2000) y Premio Nacional del CPB (1992, 1996 y 2013). 

“Los periodistas están contando hoy el país a punta de teléfono": José Navia

| Autor: Lucy Lorena Libreros 

José, usted llegó a Cali para dictar un taller de crónica a profesores y estudiantes de bachillerato. ¿Cómo resultó la experiencia?

Muy positiva. Porque en la medida en que los maestros cultiven el amor por contar historias, los jóvenes despertarán el interés por escribir, así no vayan a convertirse en periodistas. Que los alienten a escribir es valioso en una generación que poco lee y poco escribe.

Entiendo que talleres como este ha dictado por todo el país...

Sí, y lo interesante es que no solo llegan maestros y alumnos de ciudad, sino de zonas rurales que hablan de personajes extraordinarios cuyas historias no han sido contadas. Uno de esos maestros, en Montería, me habló de un señor que tiene una emisora en una mata de mango y en las mañanas hace su noticiero. Eso confirma que este país será siempre una gran cantera de historias.

¿Será que a lo mejor los medios pasamos mucho tiempo contando el país por teléfono y no recorriéndolo, como debería ser?

Sí, y en parte se debe a las crisis de los medios que ya no les permite a sus periodistas viajar. En mi caso, cuando no cuento con el apoyo del medio, costeo yo mismo el viaje pues me enamoro de la historia y, como sea, quiero contarla. Como hace años, cuando hice la crónica de un señor, de apellido Lomelín, de El Caguán, antes de que fuera zona de distensión. Él era la emisora del pueblo y contaba noticias, locales e internacionales, pues se levantaba en la madrugada a escuchar emisoras y anotaba las noticias. Tenía hasta espacios publicitarios —la carnicería, la panadería, el hotel—. Con el tiempo, el tipo llegó a ser tan importante para su pueblo, que fue quien les contó de la llegada del hombre a la luna y la muerte de Kennedy.

¿Los grandes medios se han olvidado de las regiones?

Sí. Por eso es tan importante lo que estos profesores pueden hacer con sus alumnos: sacar de sus regiones las historias. Es cierto que hoy el país se está contando a punta de teléfono y solo desde lo que ocurre en la gran ciudad. El país más lejano aparece poco, a menos que haya un periodista que con sus crónicas quiera contarlo.

El cronista es, de cierto modo, un terco...

Sí. Es un tipo que está condenado a escribir historias, pero es una condena que cumple con felicidad.

Sin embargo, muchos no ven con buenos ojos ese aparente ‘boom’ de la crónica, que hoy todos quieran llamarse cronistas...

Yo lo veo con buenos ojos. Celebro que las editoriales abrieran líneas de periodismo y muchas revistas sus páginas al género. Eso no pasaba con tal fuerza hace 20 años.

¿Será ya se superó aquello de que ‘los lectores no leen’?

Aún pasa. Pero creo que lectores de historias han existido siempre. Gente que quiere que le cuenten el país más allá de las noticias.

Usted encontró un filón en este oficio: retratar la cotidianidad de las ciudades...

Me gustó desde siempre. Cuando entré a trabajar a El Tiempo tenía inquietud temas sociales de comunidades marginadas, contar su cotidianidad, sus personajes. Y, bueno, en el camino encontré editores cómplices a los que les gustan las historias y les sacan espacio en medio de las coyunturas noticiosas.

Hoy, cuando se habla de postconflicto, ¿qué rol juega la crónica?

La búsqueda de la solución negociada al conflicto debería estar acompañada de los medios. Urge promover reflexiones sobre las narrativas del postconflicto; así como se hacen talleres para narrar la guerra, cómo entrar a zonas rojas y demás, hay que hacer esos mismos ejercicios de cara a lo que será la paz y la crónica puede aportar en esas nuevas narrativas y prácticas periodísticas. Nos hemos pasado 50 años creyendo que hay gente o muy mala o muy buena, que el país se divide entre víctimas y victimarios y nadie piensa en que un país de cara a la paz se construye también con gente que tiene matices.

¿Y si no llega la paz?

Es una apuesta, pero igual se necesita compromiso del periodismo. El año pasado estuve en Toribío, en el lanzamiento de unas empresas campesinas. La noche anterior hubo un ataque contra la estación de policía, pero al día siguiente los campesinos mostraron sus truchas, lácteos, café, conservas, artesanías y confecciones, mientras ponían música, solo doce horas después del ataque, mientras la Policía hacía estallar, controladamente, cilindros dejados por la guerrilla. Al pueblo llegó un periodista de TV, pero no duró ni diez minutos: solo vio fiesta, ¡el posconflicto no era noticia! Iba solo tras el rastro de la guerra.

¿Cómo nació esa pasión suya por contar historias?

Soy del cauca, de una vereda de Popayán llamada Julumito, donde viví hasta los 7 años. Su cotidianidad siempre me generó curiosidad y mi mamá me la narraba a través de las historias de sus habitantes. Creo que de allí nació todo.